Recuerdos; buenos y malos; bonitos y feos; agradables y horribles;
borrosos y nítidos. Recuerdos. Los tenía de todas las épocas de su vida.
Se acordaba por ejemplo del día en que le regalaron su primera peonza;
acababa de entrar en el colegio y su padre le había dicho que con aquel juguete
haría muy buenos amigos. Aquel mismo día, un niño de cuarto se la quitó en un
“juego limpio”. Cuando su padre le preguntó que tal lo había pasado con la
peonza aquel día, los sollozos le impidieron contarle lo ocurrido. Recordaba
entonces que su padre sonrió, sacó otra peonza nueva, y que, desde ese día, le
estuvo enseñando a tirar y a hacerla girar una
y otra vez, hasta que fue capaz de recuperar su peonza en un clarísimo juego limpio. Recuperó
también las peonzas de otros niños, que desde ese día fueron los muy buenos
amigos que su padre le había prometido. Sonrió. Sonrió al recordar todas y cada
una de las travesuras y de las aventuras vividas en tantos años de juventud.
La sonrisa precedía a las lágrimas que rodaron por sus mejillas al
recordar el día que perdió a su padre. No se acordaba bien como ocurrió, de
hecho fue su abuela quién le dijo que su padre “se había ido a ordenar el
cielo”. Él era aún muy pequeño aunque se creyera el centro del universo.
Recordó que esos días lo único que le hacía compañía era ver girar sus peonzas,
una y otra vez. Su madre, aunque muy pendiente de su hijo, no podía hacer más
que lamentarse.
Su madre. Qué orgullosa estaba de él el día de su boda, caminando
juntos al altar. Hermosa, bella. Se volvió a casar muchos años después de la
muerte su padre, con un hombre bueno que la cuidó hasta que abandonó este
mundo, conscientes ambos de que su amor estaba lastrado por el recuerdo.
Él, unos años después, unió su
vida a la de Carmen Aricoechea, la madre de sus cuatro hijos, la amante fiel,
la esposa abnegada, la razón de su vida desde el día que la conoció en la fiesta de su colegio mayor. Era con
ella con quién más y mejores recuerdos
tenía. Con ella, y con sus hijos.
Recordaba tantas y tantas cosas. Siempre había dicho que esa era una
de las cosas que hacían a los humanos animales superiores, la capacidad de recordar.
Y ahora, un tal Alzheimer, lo relegaba poco a poco, al reino vegetal.
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