domingo, 25 de diciembre de 2011

Amanecer


El día había amanecido de una forma suave, poco a poco... al principio perdieron de vista unas pocas estrellas al este, mientras que a sus espaldas los luceros brillaban con mucha intensidad. Al poco tiempo un color rosado dibujó el contorno de Sierra Morena. Abrazados, mudos por la complicidad del momento, vieron como el sol, tímidamente, se asomaba por la sierra de Aracena para mostrar, poco a poco, su orgullo sobre los valles y faldas de las colinas.
Abrazados los dos, el uno junto al otro, sintiendo como el calor de sus cuerpos les protegía del frío rocío de la mañana, observaron los campos de cebada. Vieron como de una encina, un alimoche alzaba el vuelo, tal vez en busca de alimento para los polluelos, que imaginaron, piaban hambrientos.
Ella recostó su cabeza en el hombro de su compañero. Las estrellas hacía rato que habían volado lejos, muy al sur, iluminando otras noches, otras parejas, otras complicidades. Se acercaba la hora de irse, no podían demorarlo más. Recogieron sus cosas despacio, en silencio, comunicándose a base de miradas, caricias y suspiros. Pasearon por la vereda de la mano, disfrutando del momento, viendo sus sombras abrazadas caminar delante de ellos –ojalá pudiéramos fundirnos como ellas- dijo él. Ella, le miró y le besó en los labios. Tras el beso, miró sus ojos y le dijo que sus sombras nunca alcanzarían una fundición mayor a la que tenían ellos al besarse, al abrazarse mientras hacían el amor.

Al llegar al recodo del molino se separaron, ella fue a la casa grande, mientras que él siguió camino hasta las cuadras. No se despidieron de manera efusiva, sino callada y secreta, como su relación. No había nadie en el cortijo ese día, pero nunca se sabía. Las envidias en ese país habían causado mucho daño, no era cuestión de darles una excusa más.

No fue hasta dos semanas después, mientras él estaba en la feria del ganado, que ella sintió los primeros mareos.

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