El día había amanecido de una forma suave, poco a poco... al principio
perdieron de vista unas pocas estrellas al este, mientras que a sus espaldas
los luceros brillaban con mucha intensidad. Al poco tiempo un color rosado
dibujó el contorno de Sierra Morena. Abrazados, mudos por la complicidad del
momento, vieron como el sol, tímidamente, se asomaba por la sierra de Aracena
para mostrar, poco a poco, su orgullo sobre los valles y faldas de las colinas.
Abrazados los dos, el uno junto al otro, sintiendo como el calor de
sus cuerpos les protegía del frío rocío de la mañana, observaron los campos de
cebada. Vieron como de una encina, un alimoche alzaba el vuelo, tal vez en
busca de alimento para los polluelos, que imaginaron, piaban hambrientos.
Ella recostó su cabeza en el hombro de su compañero. Las estrellas
hacía rato que habían volado lejos, muy al sur, iluminando otras noches, otras
parejas, otras complicidades. Se acercaba la hora de irse, no podían demorarlo
más. Recogieron sus cosas despacio, en silencio, comunicándose a base de
miradas, caricias y suspiros. Pasearon por la vereda de la mano, disfrutando
del momento, viendo sus sombras abrazadas caminar delante de ellos –ojalá
pudiéramos fundirnos como ellas- dijo él. Ella, le miró y le besó en los labios.
Tras el beso, miró sus ojos y le dijo que sus sombras nunca alcanzarían una
fundición mayor a la que tenían ellos al besarse, al abrazarse mientras hacían
el amor.
Al llegar al recodo del molino se separaron, ella fue a la casa
grande, mientras que él siguió camino hasta las cuadras. No se despidieron de
manera efusiva, sino callada y secreta, como su relación. No había nadie en el
cortijo ese día, pero nunca se sabía. Las envidias en ese país habían causado
mucho daño, no era cuestión de darles una excusa más.
No fue hasta dos semanas después, mientras él estaba en la feria del
ganado, que ella sintió los primeros mareos.
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