domingo, 25 de diciembre de 2011

Dedicado a la princesa que todo lo tira


Cuando al rayar el alba se separaron, él pensó que nunca se volverían a ver. Una noche de Diciembre, un encuentro fortuito, una situación extraña… al final habían pasado el resto de la noche juntos. Ella pasaba por una época loca, a veces necesitaba soltar lastre y volar de los clichés del mundo. Él por su parte, y sin darse cuenta de ello, pertenecía al cliché de aquellos que se creen libres, pero que realmente están tan atrapados o más que el resto. Dos personas, dos formas de entender la vida distintas; tan distintos y tan iguales a la vez.

Amanecía el día, a principios de Diciembre, y ambos se acostaron dedicando un último pensamiento el uno al otro. Durmieron, y con ellos el recuerdo de esa noche.

El año acabó, y con el transcurrir de los días, de las semanas, el recuerdo despertó de su hibernación, adelantándose unos meses a la primavera.

 Se volvieron a encontrar. No era un encuentro como tal vez habían podido pensar en un primer momento; no tenía nada de convencional. Era distinto. Era perfecto para ellos.  Poco a poco fueron viéndose más y más. Hablaban, discutían y se hacían confesiones. Poco a poco se fueron necesitando el uno al otro. Poco a poco se dieron cuenta que, al calor de aquella noche de Diciembre había nacido una amistad especial. Se dieron cuenta que, aunque la vida les guiaba por caminos distintos, siempre habría un recuerdo que les acompañaría por el camino. Siempre, al mirar atrás, sonreirían. Sabían, con la vista al frente, que se volverían a encontrar.

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