Cuando al rayar el
alba se separaron, él pensó que nunca se volverían a ver. Una noche de
Diciembre, un encuentro fortuito, una situación extraña… al final habían pasado
el resto de la noche juntos. Ella pasaba por una época loca, a veces necesitaba
soltar lastre y volar de los clichés del mundo. Él por su parte, y sin darse
cuenta de ello, pertenecía al cliché de aquellos que se creen libres, pero que
realmente están tan atrapados o más que el resto. Dos personas, dos formas de
entender la vida distintas; tan distintos y tan iguales a la vez.
Amanecía el día, a
principios de Diciembre, y ambos se acostaron dedicando un último pensamiento
el uno al otro. Durmieron, y con ellos el recuerdo de esa noche.
El año acabó, y con
el transcurrir de los días, de las semanas, el recuerdo despertó de su hibernación,
adelantándose unos meses a la primavera.
Se volvieron a encontrar. No era un encuentro
como tal vez habían podido pensar en un primer momento; no tenía nada de
convencional. Era distinto. Era perfecto para ellos. Poco a poco fueron viéndose más y más.
Hablaban, discutían y se hacían confesiones. Poco a poco se fueron necesitando
el uno al otro. Poco a poco se dieron cuenta que, al calor de aquella noche de
Diciembre había nacido una amistad especial. Se dieron cuenta que, aunque la
vida les guiaba por caminos distintos, siempre habría un recuerdo que les
acompañaría por el camino. Siempre, al mirar atrás, sonreirían. Sabían, con la
vista al frente, que se volverían a encontrar.
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