No sabía que hacer con el desorden de mi vida…
cada vez que lo veía me sacaba de quicio, tenía que arreglarlo, poner orden para
que no me estallara la cabeza, no podía más. Tantas cosas que arreglar, gente a
la que pedir perdón o simplemente dedicarle una sonrisa de vez en cuando, mil
proyectos que eran sólo eso, proyectos y que no tenían esperanzas de ser
realidades, todo por mi culpa. Hasta que la desidia me hizo ver la solución… Si
no podía hacer que desapareciera, debía de esconderlo en algún lugar, así no lo
vería nunca más… Y podría empezar otra vez de cero. Subí al desván, pero lo
encontré lleno de desórdenes ajenos. Abrí los cajones de mi cuarto, y los
encontré llenos de ropa y secretos. Busqué y encontré. La alfombra vieja,
heredada de vete tú a saber que familiar, que estaba en un rincón del salón.
Ese era el sitio perfecto, y efectivamente, debajo sólo había polvo. Por
consideración limpié debajo de la tela, y escondí el desorden. Miré atrás y
respiré tranquilo. Detrás de mi ya no había nada. Ni orden ni desorden. Ni
acierto ni desconcierto.
Pasaron los días, y mi vida, desde cero,
comenzó a llenarse de más proyectos, más gente… Hasta que, mientras estaba en
casa, planteándome varios puntos de vista sobre la manera de enfocar esta nueva
situación, la alfombra vieja del salón, donde había escondido el desorden de mi
vida, echó a volar…
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