SEQUIA
Las palabras surgen con una cadencia timida, como si les costara salir… ¿Se han vuelto los dedos más perezosos que la lengua? ¿O es que hay lenguajes en los que no es tan fácil expresarse?
Veo la tierra agrietada. Sí, antes aquí hubo un río. Miro en derredor y veo poca vegetación, seca. Una enorme secuoya se alza en mitad del yermo paraje. Me acerco a cobijarme bajo su sombra.
Me apoyo en el tronco del reseco árbol. Me dejo aliviar por su sombra. Primero mi espalda cansada y dolorida se apoya en su tronco, después mi cabeza. Mis brazos inermes caen sobre unas raíces y mis piernas, estiradas, bailan al son de los pequeños calambres que la larga camita ha causado.
Sí, caminar por el desierto es cansado.
Duermo. Sueño. Tengo pesadillas. Al despertar, bebo de la cantimplora que llené en el manantial; últimos recuerdos de aquel torrente de vida que fluía por las montañas. Que hermosas eran aquellas montañas. Como me gustaba ese manantial.
Abro los ojos y veo el desierto que tengo delante. Veo que el calor crea formas sinuosas, espirales danzarinas que se elevan hasta el cielo. Hipnotizan. Engañan. Suerte que está esta seca secuoya aquí para darme cobijo.
Palmeo agradecido las raíces que hay debajo de mis manos. Raíces robustas… Vivas. Dicen que estos árboles viven cientos de años, lo que no sabía que fueran capaces de aguantar estas sequías.
Agotado, vuelvo a dormir. Sueño con el manantial, con las montañas.
Me despierto. Ha caído la noche y miles de millones de estrellas me acompañan. ¿Hay algo más hermoso que el cielo del desierto? ¿Hay algo que hable más claro que el silencio?
Decido subirme a lo alto de la secuoya para verlo mejor. El amanecer debe de ser un espectáculo. Después, me pondré en camino.
Efectivamente, el espectáculo desde allí arriba es increíble.
Fue cuando me deleitaba con el primer bostezo de Lorenzo cuando olí la humedad. Fue al oler la humedad cuando miré al horizonte, y vi las nubes de tormenta que se acercaban.
Agoté las ultimas gotas de la cantimplora y comencé a andar a su encuentro.